Un amigo de un amigo me ha hecho llegar una información lo suficientemente importante (y peculiar) como para pensar ofrecerla en la red.
   Permitidme un breve relato de antecedentes. En esta historia todo parece importante.

   La historia empieza cuando unos estudiantes, entre ellos “Cristóbal” aquel primer “amigo”, se trasladan a un piso en la “gran ciudad”, donde iban a llevar a cabo un período de prácticas y estudios de post-grado. El piso llevaría desocupado algún tiempo, pues el parquet estaba deteriorado, debido posiblemente a las continuas filtraciones del agua de lluvia provenientes de un balcón que cerraba mal... y las hormigas y cucarachas se paseaban a la luz del día. Tras hacer las mínimas obras requeridas para la higiene y habitabilidad del inmueble (y recibir el agradecimiento de los vecinos colindantes, por razones obvias), la vida de mi amigo en la ciudad... transcurrió entre su trabajo (8 horas diarias) y las paredes de ese piso, transformadas en pura biblioteca (técnica), lo cuál era una significativa coincidencia con un presumible antiguo uso del inmueble en cuestión.

   El piso estaba amueblado y en una de las amplias habitaciones exteriores, cuyo balcón se orientaba al este, las otras tres paredes estaban dedicadas íntegramente a biblioteca. En varias habitaciones y hasta por el pasillo intercomunicador se extendían otros estantes abarrotados de libros, pero era evidente que aquel salón habíase dedicado a sala de lectura.
   El contrato lo había gestionado una agencia y hubo que responder a una encuesta personal, así que no tenía datos directos del propietario. Se le permitía “usufructuar cuanto encontrase en el piso”, y los libros estaban allí... entre otras cosas. 

   Llegadas las siempre entrañables fiestas de Navidad, los compañeros de “Cristóbal” viajaron a encontrar a sus familias, mientras nuestro primer protagonista continuaba su preparación académica, aunque con menor intensidad, pues esperaba recibir la visita de sus padres, que pasarían la Nochebuena y Navidad con él.
   Como su familia conservaba vivas las tradiciones navideñas, decidió hacer algunas compras, con las que dotar a las amplias estancias de luces y adornos apropiados. Así no parecería que estaban en casa ajena. En tales pensamientos,  recordó haber visto en un altillo cajas de embalaje etiquetadas como “Belén” y no dudó en buscarlas, pues si fuera de su agrado lo utilizaría y un gasto menos.
   Lo que encontró superó sus expectativas. Si en su casa se había cuidado la calidad de la decoración, lo hallado en ese altillo no desmerecía en absoluto. Había un cofrecillo con figuras para recrear diversos episodios de historia sagrada, multitud de cajas con accesorios ambientales y adornos de Navidad, fotografías, y una caja metálica con contenido “especial”.
   En ella no había figuras, ni ristras de luces, ni serrines coloreados, sino unos folios enrollados. En una ojeada superficial, observó un título “El secreto mejor guardado” y una caligrafía legible pero abigarrada. Aunque sintió curiosidad, su objetivo inmediato era decorar la casa y a él se dedicó. Pensó que tras la visita de sus padres, al recoger el material navideño, la caja seguiría allí...
    Sin embargo había algo en aquél título que atraía su instinto. Tan pronto hubo identificado y mentalmente ubicado en el piso el material navideño, valoró que su colocación le llevaría pocas horas, así que “encontró tiempo” para investigar el hallazgo que parecía fuera de sitio según el etiquetado genérico del embalaje.

   ¿Tendrían relación las características de la caja con el contenido? La caja tenía forma de libro, como un tomo con cubiertas de piel cubriendo los cuadernillos cosidos por el lomo. Era una caja de galletas bretonas (Trésors de Bretagne. Gâteaux dans la tradition bretonne. Tome II La terre)
   No tenía cierre de seguridad, la cubierta simplemente se encajaba. Sonrió al pensar que no protegía mucho “el tesoro” que contuviera...
   Además de los folios manuscritos, también observó fotografías, una pluma “fuente” y una pequeña libreta de notas.
   Pronto se percató de que satisfacer su curiosidad le llevaría más trabajo del esperado, pues leer los manuscritos iba a presentar alguna dificultad. Muchas hojas estaban adheridas (tinta abundante y pegajosa) y tras descartar medios “mecánicos”, se resolvió a separarlas utilizando vapor de agua (humedad + calor). Con infinito cuidado para no disolver en exceso la tinta, ni arrancar capas al papel, consiguió acceder a su lectura.
   En la soledad del inmueble su mente se obnubilaba por la palabra escrita. Se sintió un poco como un arqueólogo o un “ladrón de tumbas”, que cruzaba un puente hacia... que profanaba los secretos del pasado... Lentamente fue comprendiendo... y decidió consultar con total discreción antes de hacer algo cuyas repercusiones podían ser importantes.
   
   Así entré yo en contacto con ese material... y con una faceta sorprendente del ser humano.
   Resumiendo, el amigo de mi amigo, encontró un manuscrito, en cierto sentido un diario, en otro una biografía,... propiamente una memoria. En ella creyó reconocer un deseo de divulgación (...”a quién le interese”...) que por otra parte, le pareció implícito en su contenido básico.
   El amigo común de “Cristóbal” y mío también dudaba de la publicación de los manuscritos, y me consultó al respecto mi opinión. Como he dicho, la creo posible, dentro de ciertos límites. 
   A vuestro juicio e inteligencia someto ésta decisión.